DONDE TODO COMIENZA

¡Hola amigas/os!


Os traigo una entrada un tanto especial y personal, espero que os encante. 


Al empezar este blog, tenía claro que quería hacer una entrada dedicada a mis abuelos. Cuando decidí que mi blog iba a ir dedicado a todo lo que nos hace ser, sabía que iba a haber una que sea para los abuelos. 

Mis abuelos son el lugar al que siempre vuelvo, incluso cuando no estoy con ellos. Son el olor a comida hecha con paciencia, las historias repetidas que nunca cansan y las manos que han trabajado toda una vida para que a los demás no les faltara nada. Cuando pienso en ellos, pienso en calma, en hogar y en una forma de querer que no necesita explicarse.

De pequeño no entendía todo lo que hacían por mí. Creía que sus abrazos eran normales, que sus consejos eran simples frases y que el tiempo con ellos estaría ahí para siempre. Pero crecer también significa darse cuenta de que los abuelos son memoria viva: guardan nuestras raíces, nuestras costumbres y hasta las partes de nuestra familia que nosotros nunca conocimos. Ellos recuerdan quiénes somos cuando el mundo va demasiado rápido.

Mis abuelos me enseñaron cosas que nadie aprende en un libro. Me enseñaron que la ternura puede estar en un plato favorito preparado sin pedirlo, en una llamada para preguntar si he llegado bien o en guardar silencio cuando uno necesita compañía más que palabras. Con ellos entendí que amar también es cuidar en lo pequeño.

Hay algo profundamente conmovedor en los abuelos: aman sin esperar nada a cambio. Celebran cada logro como si fuera suyo y se preocupan incluso cuando fingimos que ya somos suficientemente mayores para necesitar ayuda. A veces parecen fuertes como árboles antiguos; otras veces, frágiles como si el tiempo pudiera romperlos. Y quizá por eso aprendemos a mirarlos distinto cuando crecemos: dejamos de ver solo a nuestros abuelos y empezamos a ver a las personas que fueron, los sueños que tuvieron y todo lo que sacrificaron.

Si hoy soy quien soy, una parte enorme se la debo a ellos. A sus valores, a su paciencia y a esa manera tan suya de hacer sentir que todo va a estar bien. Los abuelos no solo forman parte de nuestra infancia; también sostienen una parte de nuestro corazón para siempre.

Ojalá nunca olvidemos decirles cuánto los queremos. Porque un día entendimos que los momentos más simples (una conversación en la cocina, una tarde cualquiera, una foto vieja enseñada por décima vez) eran en realidad los más importantes.

Para esta entrada, quiero compartir la historia de cómo se conocieron mis abuelos. Sus principios, sus primeras palabras, sus primeros abrazos. Quiero recordar y conmemorar esos inicios, ya que sin éstos yo no estaría aquí. 

Para ello, les hice una entrevista en la que pude recolectar toda la información necesaria para poder reconstruir la historia pero también para comprender cómo la habían vivido, qué recordaban con nitidez y qué partes se habían ido desdibujando con el tiempo. No buscaba solo datos: quería escuchar sus matices, sus silencios, sus dudas, esas pequeñas grietas por donde se cuela la memoria emocional. Quería escuchar esas voces que los sostienen y los reinterpretan.

Nos remontamos al año 1946, en Madrid la capital  (para poder situarnos en este momento de la historia te recomiendo echar un vistazo a este artículo: Momentos del Pasado: Fotografías del Madrid de los años 60). Donde vivía mi abuelo: Felipe. 

Un joven trabajador, sensato, responsable, leal, tranquilo y perseverante, gran orador, sensible... Vivía en el Paseo de Extremadura con sus padres y su hermana Carmela. Su madre y toda su familia de esa parte eran de Trujillo, un pueblo situado en la provincia de Cáceres en pleno corazón de Extremadura. Respecto a su educación recuerda con gran cariño como les enseñaban a hacer libros y las poesías que recitaban. A los 14 años empezó a trabajar los veranos, pero todo el resto del año lo dedicaba a sus estudios. 


Le apasiona viajar, tanto que ha recorrido una gran parte del mundo, algo que cuenta con ilusión y cariño. Gracias a estas aventuras tiene un buen nivel de inglés y es muy extrovertido, tiene mucha facilidad para hablar con la gente. 


Algo que remarcaría de su persona es su gran corazón. Creo que por el momento en el que nació, no se le permitía expresar todo lo que sentía y todo el amor que tenía. Sin embargo, es una persona que quiere con todo su corazón, que se emociona, que siente. Algo que a veces trata de esconder, lo cual no hace más que revelar, paradójicamente, la profundidad de su sensibilidad. Y aunque haya aprendido a protegerse detrás de cierta dureza o de un carácter firme, si le ves de verdad saben que por dentro es pura luz, puro amor, pura sensibilidad. Algo que con el tiempo ha tenido que aprender a mejorar. 



Mientras, mi abuela: María de los Ángeles, o como a ella le gusta, Angelines. 



Una mujer valiente, energética, inteligente a más no poder, bella, con carácter, fuerte, avispada, amable, divertida, luchadora… Vivía en aquel pueblo situado en la provincia de Cáceres en pleno corazón de Extremadura, Trujillo con su numerosa familia. Eran cinco hermanos: María Victoria (Toñi), Andrea, Jose Luis, Antonio y ella. Sin embargo, respecto a su educación no tuvo tanta suerte como mi abuelo. 


Ella disfrutaba mucho la escuela, enormemente. Además, se le daba muy bien y era muy inteligente. Pero… desde los 7 - 8 años comenzó a trabajar en la carnicería ayudando a su padre a hacer salchichas. Y, una vez cumplió los 13 años, su padre le obligó a salirse de la escuela, lo que supuso para ella un golpe profundo, una mezcla de tristeza, frustración y resignación que aún recuerda con una claridad.

No era solo abandonar los estudios, era renunciar a un espacio donde se sentía libre, capaz, reconocida. La escuela era su refugio, el lugar donde podía ser ella, el único donde podía desplegar todo lo que llevaba dentro. Dejarla significó, en cierto modo, cerrar una puerta que ella habría querido mantener abierta para siempre.

Con el escaso dinero que le daba su familia, se pagaba las academia nocturnas ya que realmente le apasionaba estudiar. Ella remarca el francés que aprendió por aquella época. Mi abuela se hizo amiga de una chica nueva del pueblo francesa, quedaban y daban paseos juntas y hablaban en francés y con ello aprendió. 


Se le daban y se le dan las matemáticas muy bien, hace cálculos mentales muy rápidamente y disfruta mucho haciendo juegos de estrategia como el Rummy. Siempre nos gana, lo que demuestra que a pesar de haberle arrebatado la oportunidad de seguir estudiando, su mente nunca dejó de brillar. Su manera de entender el mundo, en su rapidez mental, en su habilidad para resolver problemas cotidianos, en su manera de ver la vida donde todo tiene un valor que solo ella sabe aprovechar y en esa lucidez que sorprende a cualquiera que hable con ella.

Una vez les conocéis un poco, aunque sea imposible describirles en su totalidad. Nos remontamos al año 1961, en Madrid la capital. Felipe (15 años), como todos los veranos, se fue con su familia al pueblo de su madre, Trujillo. 

Una vez allí, como cualquier otro día de verano, salieron a dar un paseo sus amigos y él. Cuando, cruzando la calle, se encontró con Angelines. Nunca se habían visto, no se conocían ni tenían relación. Éste, en esa rápida interacción decidió pararla y decirle algo. Ese “algo” que ninguno recuerda pero que fue el comienzo de una bonita historia. 

Al día siguiente, la prima de Felipe, Conchi, le quería presentar a una amiga suya. Mi abuelo aceptó sin saber quién iba a ser. Y, sin nadie saberlo, “era la misma chica con la que se cruzó el día anterior”. 

Ese día invitó a Conchi y a Angelines a un helado, “el helado más caro de Trujillo”. Carmela se opuso a esto, pero como Felipe tenía dinero ahorrado del verano pasado trabajando, decidió comprarla aquel detallito. 

A partir de ahí, pasaron todo el verano juntos, dando paseos, comiendo helado, bañándose en el pantano y en los ríos… Pero, Felipe se tenía que volver a Madrid ya que tenía que regresar a la escuela. No obstante, esto no supuso un impedimento para ellos. Hasta el siguiente verano, se mandaban cartas todas las semanas. Y, de vez en cuando Felipe iba a visitar a Angelines a Trujillo en invierno, con la excusa de ver a su familia. 

En las cartas (ojalá tenerlas) se escribían la semana que habían pasado, sus sentimientos y de vez en cuando se enviaban fotos. Las fotos insertadas anteriormente se las hicieron a sus 17 años para enviárselas y recordar sus caras ya que se echaban mucho de menos. 

Por fin, a los 19 años de Angelines, se fue sola a trabajar a Madrid. Dejó el negocio familiar, su casa, su infancia y todo lo que conocía. Como la mujer valiente que era, busco trabajo en donde fuese para ganarse la vida. Los primeros meses vivió con Felipe pero al final acabó alquilando una habitación en una casa que compartía con más mujeres. Fue con toda la seguridad del mundo, lo dejó todo para buscar nuevas oportunidades, quizás por las que ya le habían arrebatado anteriormente. 

Sin embargo, a pesar de haberlo dejado atrás, nunca lo olvidó, siempre lo tendrá presente. Recuerda las expresiones, la cultura, la gente, el castúo… (Para poder situarnos en esa época en Trujillo me recomendó la película de “Los santos inocentes” Bing Vídeos). Destacando la expresión como: “jundealo en el calambuco de la ricia” o “me se”.

Y con respecto a su historia de amor… Se casaron y tuvieron tres hijos: José, María de los Ángeles (Nines) y María (mi preciosa madre). 

ANGELINES Y FELIPE 

EN LA BODA DE MI MADRE
 

MI MADRE PERO ME GUSTARÍA DESTACAR
EL RFLEJO DE MI ABUELA MIRÁNDOLA


TODOS NOSOTROS



MI MADRE DE PEQUEÑA

Gracias a toda esta historia sabemos hoy cuáles son los inicios de una parte de nuestra familia, sabemos lo que nos ha hecho ser. 

Creo que esto es esencial para no olvidar de donde vivimos, para no olvidar lo que nuestros antepasados una vez fueron. Sus anécdotas, expresiones, vivencias, amigos, aprendizajes…

Y aquí es donde aparece también la pedagogía, casi sin darnos cuenta. Porque educar no es sólo transmitir contenidos, sino transmitir memoria, identidad, raíces. Cada historia familiar funciona como un pequeño currículum oculto: enseña valores, muestra límites, revela posibilidades. Nos recuerda que no nacemos de cero, que somos continuidad.

En educación también existe un “aprender a recordar”: recordar quiénes nos precedieron, qué luchas sostuvieron, qué sueños no pudieron cumplir y que ahora, de algún modo, nos toca continuar. La memoria familiar se convierte así en una herramienta pedagógica poderosa, porque nos sitúa, nos da perspectiva y nos ayuda a comprender que nuestra vida forma parte de algo más grande.

Quizá por eso estas historias importan tanto: porque enseñan sin pretenderlo, porque construyen identidad, porque nos permiten mirar hacia adelante sin perder de vista el camino recorrido. Y porque, al contarlas, no sólo honramos a quienes estuvieron antes, sino que también educamos a quienes vendrán después.

Por ello y porque creo que los abuelos son esenciales en la educación de sus nietos traigo varias propuestas que realicé yo en mi colegio y que realizaré yo en un futuro como profesora.

  • Abuelos enseñadnos: una vez al año ponían antes del comedor una urna con forma de olla en la que los alumnos teníamos que crear el menú para un día. La idea era que fuese algo que les recuerde a los abuelos y debíamos contar por qué habíamos elegido ese menú. Si ganabas, además de recrear el menú elegido y regalarles un utensilio de cocina de Joan Roca, les invitaban a tus abuelos a comer contigo en la sala de profes. Mi hermana y yo siempre metíamos los papelitos esperando a ganar y un año, ganó la crema y los filetes de mi abuela. Fue un día inolvidable y nos lo pasamos en grande, mis abuelos lo recordarán en todas las comidas familiares ya que fue un día muy especial para todos. (Los ganadores de 2024 fueron https://ceipteresaberganza.com/2024/02/19/abuelos-ensenadnos/). 


FOTO CON EL PREMIO DE AQUEL DÍA
  • La entrevista: esta actividad trataba de, mediante una guía de preguntas, teníamos que recrear la historia de cómo se conocieron nuestros abuelos. Había preguntas como: “¿Cuántos años teníais?” “¿Dónde os conocisteis?” o “¿Vivíais en el mismo pueblo?”... Si os dais cuenta, me he basado en ello para realizar esta entrada y es que disfruté mucho haciéndola en sexto de primaria. Sin embargo, esta vez lo he hecho con mis abuelos por parte de madre ya que hace años (y ojalá haber encontrado la actividad) lo hice con mis abuelos por parte de padre, a los que también quiero y admiro mucho y por los que también estamos todos aquí.  



  • Carta para tu abuelo: trata de aprender a escribir una carta un tanto más personal. Primero nos dieron las pautas para redactarla de manera correcta, luego elegimos a nuestro abuelo y la decoramos. Finalmente, se la enviamos a través del buzón que estaba en la salida de la escuela. Y, tras unas semanas, nos fueron llegando sus respuestas a casa. El tema era libre, pero sí que nos propusieron algún tema interesante. Yo decidí realizar el tema de la infancia, en el que describí cómo es ahora mi abuelo y decir en qué cosas nos parecemos. Sin embargo, al final de la carta tuvimos que formular la siguiente pregunta: ¿Cómo eras tú de pequeño? ¿Te pareces?.

  • Programa del duelo: cuando vamos creciendo, muchos compañeros, lamentablemente, van perdiendo a sus abuelos. Para trabajar el duelo desde el aula se me ha ocurrido una especie de árbol de los recuerdos. Para ello, en primer lugar explicaremos que hay veces que en la vida hay personas importantes que nos cuidan, enseñan o que nos hacen sentir queridos. Y que hay veces que siguen con nosotros y otras, que se van. Pero eso no significa que no debamos recordarles o pensar en ellos, ya que son personas muy significativas en nuestras vidas. Una vez dejado claro su importancia, les repartiremos una folio en forma de hoja. En ésta deberán dibujar o escribir una persona importante en sus vidas que echen de menos (abuelo, abuela, mascota, amiga/o, profe…). O bien, algo bonito que haya aprendido con esa persona en la que han pensado. Después, podrán pegar sus hojas en un mural en forma de árbol y, voluntariamente, compartirán la historia detrás de la persona.

  • Árbol genealógico: finalmente, otra actividad que realicé en mi recorrido académico fue crear un árbol genealógico. Para quien no sepa qué, el árbol genealógico es una representación visual de la historia familiar, una especie de mapa que organiza a nuestros antepasados y muestra cómo se conectan entre sí a lo largo de las generaciones. Esta actividad favorece a la construcción de la identidad, ya que invita a reflexionar sobre los orígenes, los vínculos y las historias que han dado forma a la familia de cada persona.

  • Otras actividades: para poder tener más ejemplos, he encontrados estos artículos que hablan sobre actividades en las que incluyen a sus abuelos:

Como conclusión me gustaría remarcar la idea de la importancia de los abuelos, de que te hacen aprender, de lo que te enseñan, de lo que te quieren, de lo que hacen por tí sin esperar nada a cambio. De los abrazos, de las miradas, de las caricias y de las llamadas. Enfatizo en la idea de lo importante que es no nos olvidemos de sus historias ni de ellos, porque en cada recuerdo hay una lección y en cada gesto hay un modo de entender la vida.

Y creo firmemente que desde la escuela tenemos un papel muy importante en esto. No solo enseñamos contenidos: enseñamos a mirar, a escuchar, a valorar. Cuando invitamos al alumnado a hablar de sus abuelos, a recuperar anécdotas, a preguntar en casa, a construir un árbol genealógico o a escribir una carta, estamos haciendo algo más profundo que una simple actividad. Estamos ayudándoles a reconocer sus raíces, a comprender que forman parte de una historia que empezó mucho antes de ellos y que continuará después.

La escuela puede y debe ser un espacio donde la memoria familiar tenga un lugar, donde se legitime la emoción, donde se entienda que aprender también es recordar. Porque cuando un niño descubre que su historia importa, que su familia importa, que sus abuelos importan, entonces también descubre que él mismo importa. Descubre, lo que nos hace ser. 

¡FELIZ VIDA!




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