UN PUEBLO QUE NO CONOCE SU HISTORIA ESTÁ CONDENADO A REPETIRLA

Hola amigas/os, os  traigo otra entrada, ¡espero que os guste!.

Hablando con Sergio me dijo una cosa que realmente me fascinó y es que hay veces que dos cosas que no tienen nada que ver se juntan y hacen que atravieses una experiencia inolvidable. Como por ejemplo cuando te juntas con esa amiga que es totalmente opuesta a ti, cuando juntas dulce con salado, o cuando combinas rutina y espontaneidad y el día se vuelve memorable sin querer. 


Con esa conversación rondándome la cabeza, me di cuenta de que yo también llevaba tiempo con dos ideas sueltas, cada una en su cajón: la historia, por un lado, y el dolor, por otro. Dos conceptos que, a primera vista, parecían no tocarse. Pero al ponerlos juntos, al permitir que se rozaran, entendí que tenían muchísimo que ver. Que la historia está hecha de dolores que transforman, y que el dolor, cuando se mira con calma, siempre cuenta una historia. Y que quizá lo verdaderamente interesante ocurre justo ahí: en el cruce inesperado, en la mezcla improbable, en ese punto donde dos mundos que no se buscaban se encuentran y abren una puerta que antes no existía.


Pero, ¿por qué quería hacerlo sobre estos dos conceptos?. Bien, la historia siempre me ha atravesado. Me parece fascinante y necesaria, pero también veo cómo, demasiadas veces, se manipula, se olvida o directamente se niega. Me inquieta que algo tan esencial para entender quiénes somos se trate con tanta ligereza: se inventa, se distorsiona o se esconde cuando es incómoda. Veo cómo la historia se usa, se pierde o se silencia, a pesar de lo enormemente esencial que es. 


Por otro lado, ¿por qué el dolor?. Siento que el dolor es uno de esos temas que se esquivan, que se dejan en manos de especialistas o que simplemente se tapan con prisa. Me da la impresión de que mucha gente convive con él (físico o emocional) pero lo hace en silencio, como si nombrarlo fuera una especie de derrota. Y, sin embargo, el dolor está ahí, moldeando decisiones, cuerpos, memorias, relaciones. Me interesa precisamente por eso: porque se debe hablar, normalizar y tratar como se merece, creo que hablar de él, mirarlo de frente, puede ser una forma de comprendernos mejor, a uno mismo y al resto.


No obstante, por alguna razón no les veía potencial, no veía que pudiese ser interesante o que pudiese interesar. Estaban ahí, rondándome, pero yo misma los descartaba antes de darles una oportunidad. Sin embargo, en el momento en que imaginé ambas ideas conectadas, algo hizo clic. De pronto dejaron de ser dos conceptos aislados y se convirtieron en una especie de diálogo: la historia como memoria colectiva que se manipula o se borra y el dolor como memoria íntima que se silencia o se esconde. Al unirlos, entendí que hablaban de lo mismo desde lugares distintos. Y ahí apareció el sentido, la potencia, la necesidad de explorarlos juntos.


LA HISTORIA

Pues, comencemos: la historia. En primer lugar, ¿a qué nos referimos con ella?. Pues, según la RAE “la historia es la narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados”. Es decir, la historia son todos esos momentos pasados que recordamos para no tener que volver a pasar por ellos. 


Según Cicerón (político romano) la historia es la maestra de la vida. Y yo lo interpreto como algo que va mucho más allá de estudiar hechos pasados. Para mí, lo que está diciendo es que la historia funciona como un espejo: nos devuelve una imagen de lo que hemos sido, de lo que hemos hecho y de las consecuencias que esas decisiones tuvieron. 


Según George Santayana (filósofo hispano-estadounidense) aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. Y es que la historia debe ser vigente, debe aprender de los errores del pasado, no debe ser olvidada y lo más importante, no puede ser falsamente reescrita para el beneficio de alguien. 


Y, según yo, la historia es aquello que define porqué somos lo que somos ahora. En ella están los errores, las traiciones, las guerras, los abusos del poder y las consecuencias de la ignorancia. Pero los pueblos olvidan, olvidan cómo comenzó la opresión, olvidan como se entregó la libertad, olvidan que la libertad no desaparece de repente, que el silencio también es un acto y olvidan que alguna vez sí consiguieron cambiar algo. Cuando la memoria del pueblo desaparece las mismas tragedias regresan, parecen distintas, pero acaban con el mismo resultado. 


Os quería compartir una historia. Y para hacerlo, necesito volver un momento a mi familia, porque muchas de las cosas que pienso y siento sobre la historia nacen precisamente de ahí. Mi familia por parte de padre, en la guerra civil, se vieron muy afectados. Mi bisabuela Clarisa y sus hermanas desde Madrid, con gran dolor tuvieron que dejar a sus familias e ir a Valencia porque Madrid estaba siendo bombardeada, sitiada y con graves problemas de abastecimiento y el Gobierno republicano decidió trasladar a los menores a zonas más seguras del Levante (como Vallada, Algemesí, Aldaia, Burjassot o Tabernes de Valldigna) para protegerlos. 

Os recomiendo leer este artículo en el que habla sobre el éxodo masivo infantil y en las figuras claves que tuvieron las maestras (Medina Plana, R. (2024). Colocación familiar de menores madrileños evacuados a Levante durante la Guerra Civil y primera posguerra (1936-1941), Cuadernos de Historia del Derecho, XXXI, 299-315). 


Una vez en Valencia, las mujeres que las acogieron las hicieron sentir parte de su familia y, por ende, de Valencia. Desde ese entonces mi familia se ha sentido muy conectada a Valencia porque ella le cogió mucho cariño a estas mujeres que las cuidaron y acogieron durante esa etapa. Ahí, adquirió muchas costumbres, transmitiéndolas a toda nuestra familia. Pero, nunca consiguieron olvidar el dolor de tener que dejar atrás sus casas, el miedo, la incertidumbre de no saber qué pasará, cómo estarán en Madrid. Es por ello que mis abuelos se llaman yayos y siempre que nos juntamos a comer hacemos paella y es por ello que adquirieron la ideología que perdura hasta día de hoy en mis yayos. Asimismo, estas costumbres se han pasado a mi padre y, luego, a nosotros (los primos). Mientras que, a pesar de no olvidar sus vivencias, nunca han tratado de condicionar nuestra ideología, permitiéndonos crear nuestros propios ideales.


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A menudo pensamos en la historia como algo lejano, escrito en libros o  encerrado en museos. Sin embargo, la historia es real. El hecho de que hoy sepa la historia de mi familia, es lo que nos otorga una identidad. Al rescatar este relato del olvido, he comprendido que conocer nuestro origen no es solo un ejercicio de nostalgia. Es lo que le da sentido a nuestras raíces y nos permite decidir qué legado queremos proteger. Sin ese conocimiento, repitiendo gestos vacíos sin saber que, en realidad, estamos honrando la supervivencia de quienes nos precedieron, estaríamos olvidando su historia y a ellos con ella. 


EL DOLOR

Por otro lado: el dolor. Según Ferrán Reinoso,  (D. J. (2021). El dolor. Umbral del dolor. Novedades de tratamiento en pacientes con dolor. NPunto, 4(35), 4–30) el dolor queda definido como una sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior o un sentimiento de pena y congoja; es una sensación subjetiva de difícil descripción que cada individuo vive y afronta de manera distinta, pues está ampliamente influenciado por  factores culturales, así como de las experiencias previas que la persona haya vivido. La percepción del dolor está influenciada por multitud de factores tales como la cultura, la edad y las experiencias previas entre otros. Provoca importantes consecuencias de tipo familiar y laboral, deteriora las relaciones sociales, causa alteraciones del sueño y se relaciona con la aparición de depresión y ansiedad. 


Se distingue en función de una gran variedad de tipos de dolor. Entre ellas, se reconoce a partir de la fuente de éste. En primer lugar, el dolor físico. Se caracteriza porque lo puedes detectar en alguna parte del cuerpo en concreto. Puede ser consecuencia de multitud de situaciones desde lo más ligero hasta un traumatismo grave. Luego, el dolor emocional, se describe por ser una experiencia subjetiva en la que la persona tiene una herida que nadie ve. Su origen viene de no saber gestionar un cambio en su vida y por no disponer de los recursos necesarios para afrontar la nueva situación. Es esencial entender que este tipo de dolor es distinto para cada individuo. 


Pero, ¿no os ha pasado que muchas veces estáis mal (emocionalmente hablando) y lo expresa tu cuerpo?. No lo expresa, lo grita. Como si todo se diera cuenta excepto tú, que no quieres verlo o no quieres aceptarlo. De repente cada vez que te juntas con esa persona te duele la tripa, te cambia la piel, te sudan las manos, o incluso te tiembla EL OJO. Bueno, vengo a decirte, que no estás loc@. Y que realmente tu cuerpo sabe lo que tu mente no. A continuación te dejo unos videos que explican bastante bien lo que pasa dentro de nosotros: 

https://vm.tiktok.com/ZNRpydSBX/

https://vm.tiktok.com/ZNRpyMxF9/

https://vm.tiktok.com/ZNRptJFPm/


Esto se conoce como dolor psicológico que se refiere a la somatización del dolor. Es decir, el proceso mediante el cual las emociones se manifiestan físicamente. Es cuando el cuerpo expresa lo que la mente no logra procesar. Por ejemplo con el estrés, la ansiedad o la tristeza. Además, también se distingue según la patogenia, la localización y la intensidad. Te animo a leer este artículo: ​Los 13 tipos de dolor: clasificación y características si te interesa conocer más acerca de los distintos tipos de dolor. 


Pero, por qué te cuento los distintos tipos de dolor. Cuando podría hablar sobre cómo superar el duelo, sobre cómo estar mejor, sobre cómo de bonita es la vida cuando te centras en ser feliz, ser positiva y estar tranquila. La respuesta es sencilla: porque me gustaría que se normalizase. No me malinterpretéis, no quiero que todo el mundo esté mal. Por el contrario, quiero intentar hacer ver que estar mal no es algo que evitar, sino algo que debemos escuchar, que atender, que conocer. 


Siento que al principio del duelo te dejas sentir, te permites estar mal. No obstante, cuando ha pasado un tiempo, decides que ya es hora. Comienzas a racionalizar esos sentimientos porque crees que ya no es lícito seguir así. De cierto modo, te proteges de lo que realmente sientes con aquello que “deberías” sentir. Eso hace que acabes sin poder superarlo en tu futuro. Lo superas desde la parte racional, pero dejas la parte emocional al descubierto y eso no es justo para ti. Esto se conoce como la intelectualización del dolor, utilizado como mecanismo de defensa. 


Y es que creo que, en el fondo, estamos en contra del dolor porque nos recuerda que no tenemos el control absoluto, que somos vulnerables, que no siempre podemos estar “bien”. Y vivimos en una sociedad que idolatra el bienestar constante, la productividad permanente, hacerlo todo angustiado y con rapidez incluso para llegar a casa después de un día largo, hacer cuanto antes la siguiente cosa en tu lista, tener una sonrisa permanente… Como si sentir fuese un lujo o un fallo. Pero no lo es. Sentir es inevitable y sentir dolor también.

Por eso hablo de los distintos tipos de dolor: porque nombrarlos es una forma de reconocerlos y reconocerlos es el primer paso para que dejen de gobernarnos desde la sombra. Me gustaría que dejar de estar bien no fuese motivo de vergüenza, sino una señal de que algo dentro de nosotros está pidiendo atención. Que pudiéramos escucharlo sin miedo, sin prisa por taparlo, sin esa urgencia de “volver a estar genial” como si fuese una obligación.

LA UNIÓN
El dolor es horrible. Pero admitimos que cuando se ignora, se hace más grande y acaba explotando. Y, cuando se mira y se atiende, se transforma. Creo que esta es la clave, esta unión que no trata de romantizar ni de buscar el dolor, sino de entender que forma parte de la vida tanto como la alegría. Que ambos conviven, se alternan, se necesitan. Que no hay luz sin sombra, ni historia sin heridas.

Y quizá aquí es donde aparece algo que solemos olvidar: el cuerpo no olvida, el cuerpo tiene historia. El cuerpo puede guardar traumas en sus células y revivir síntomas físicos cuando el cerebro asocia señales con el sufrimiento pasado. Las experiencias difíciles dejan huellas en el sistema nervioso que se expresan en forma de tensiones, bloqueos o síntomas físicos. Comprender estas señales y trabajar con ellas desde conciencia corporal permite liberar lo que quedó atrapado, calmar el cuerpo y recuperar el equilibrio perdido. No solo siente en el presente, también guarda, archiva, registra. A veces creemos que el dolor es solo un instante, un episodio aislado, pero el cuerpo sabe más que nosotros. 

Esa memoria corporal es la que hace que un olor nos tense, que un gesto nos incomode, que un lugar nos despierte una tristeza antigua. No es debilidad, es biografía. Es la historia íntima que cada uno carga sin haberla escrito del todo. Y cuando no la escuchamos, cuando la empujamos hacia el fondo para seguir siendo “productivos”, vuelve disfrazada: en forma de cansancio, de ansiedad, de escalofrío, de rigidez, de un dolor que no sabemos explicar. Si te interesa saber más acerca de todo ello te recomiendo esta entrevista: VÍDEO YOUTUBE en la que se explica muy bien.  

Aquí es donde abro la conexión con la historia. Esto fue lo que hizo que me diese cuenta de la relación tan estrecha que tiene el dolor y la historia. Porque lo que nos pasa a nivel individual no es tan distinto de lo que ocurre a nivel colectivo. Los cuerpos guardan memoria, sí, pero los pueblos también. Las sociedades arrastran heridas que no siempre se nombran y se filtran en la forma en que vivimos, en cómo amamos, en cómo tememos, en cómo nos defendemos.

Así como un cuerpo duele cuando algo no ha sido atendido, una comunidad también. Y así como mirar el dolor personal lo transforma, mirar el dolor histórico lo libera. No para quedarnos atrapados en él, sino para comprender de dónde venimos y por qué somos como somos. Para dejar de repetir sin darnos cuenta. Para avanzar sin olvidar los errores que tuvimos. Para poder elegir. Y elegir avanzar, elegir salir adelante, elegir estar bien y ser libres.

Por eso la escuela debería ser uno de los primeros lugares donde aprendamos no solo fechas y acontecimientos, sino también a comprender el dolor, la memoria y las emociones. Porque educar no es solo transmitir conocimientos, sino enseñar a mirar el pasado con pensamiento crítico y a escucharnos a nosotros mismos y a los demás. 

Creo ahora que cuadra perfectamente con mi blog. Porque somos humanos, que preceden a muchos otros. Seremos historias en un futuro porque somos historia. Somos humanos y sentimos dolor. Sentimos a lo grande y, en esa grandeza, nos hacemos daño. Pero ese daño que convive entre nosotros nos hace aprender, aprender y ser mejores, aprender y dejar un legado, una historia que contar que realmente valga la pena. Mi blog busca desde un principio definir todo “lo que nos hace ser” y creo que este blog describe una parte muy grande de lo que somos y de lo que seremos, sin olvidarnos de donde nos encontramos y por qué nos encontramos ahí. Hagamos historia, porque somos historia. 


¡FELIZ VIDA!

Comentarios

  1. Me ha parecido un texto espectacular, con muchísimo sentimiento. ¡Qué gran trabajo, Marta!

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